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El oro interno de los alquimistas

La Alquimia parece ser casi una ciencia universal. No solo la encontramos en la Europa Medieval, sino también en China, la India y en otros sitios y culturas. Esto es así porque, no solamente es un precursor primitivo de la química moderna, sino una ciencia sagrada en su propio derecho, que fue estudiada en cualquier parte del mundo donde el conocimiento esotérico haya aparecido.

 

Lo primero que me gustaría hacer es alejar la imagen falsa del alquimista torpe medieval que trató en vano de convertir el plomo en oro como un modo de enriquecerse. Si no hubiera alguna sustancia o esencia detrás de la alquimia, seguramente nadie habría sido tan tonto como para gastar la mejor parte de su vida persiguiendo una mera quimera.

Como en todas las artes mágicas, siempre han existido farsantes y tontos al lado de santos y sabios. La Alquimia no es una excepción, pero los nombres de los alquimistas más eminentes se incluyen entre los científicos e intelectuales más grandes de la Edad Media.

Aunque la Alquimia en occidente apareció bastante tarde con el Renacimiento, y probablemente haya tenido su origen en Egipto (“Al-Kem”, Kem siendo el nombre egipcio para Egipto), los primeros alquimistas citados pertenecieron al mundo árabe, de cuya ciencia fuimos herederos.

 

Uno de los alquimistas más famosos fue Avicena (980-1037), hombre con un inmenso conocimiento y reputación, equivalente a Platón o a Aristóteles en Grecia. Se cuentan extraordinarias historias sobre él. Se creía por ejemplo que podía comandar a los espíritus elementales de la naturaleza. También existe la tradición de que con su conocimiento del Elixir de la vida, aún sigue vivo como un adepto que se descubrirá ante los profanos al final de cierto ciclo. Por otro lado, también se dice que bebía tan desmesuradamente que fue despedido de su trabajo por el Gran Visir y que murió en la más completa oscuridad. En vista de toda la literatura que nos ha llegado halagando su habilidad como doctor, esto último suena improbable, pero la cuestión es esta: ¿un escolar con tanto conocimiento habría gastado su tiempo en una superstición?

 

En Europa, la alquimia está representada por figuras tan importantes como Roger Bacon, “Doctor Mirabilis”, que inventó los anteojos (gafas), y predijo la aparición de los aviones, microscopios, máquinas de vapor y el telescopio. Esta lista incluye también a Paracelso y John Dee. Ambos fueron mentes extraordinarias, siendo John Dee un genio matemático y Paracelso un doctor brillante. Tales personajes no pueden ser desechados como charlatanes, farsantes o excéntricos porque sus resultados hablan a su favor. Paracelso, por ejemplo, fue una vez acusado de ser un impostor y “no un doctor de verdad”. Entonces retó a sus acusadores haciendo que le hicieran llegar sus pacientes “incurables”. En poco tiempo los sanó, hecho que fue atestiguado por los testigos que se amontonaban a su alrededor.

 

El objetivo externo de la alquimia es transmutar metales en oro, un objetivo que comúnmente se considera imposible. Hoy en día, sin embargo, si es posible alterando la estructura atómica de un elemento. Pero esto requiere un conocimiento tan interno e intrínseco de la naturaleza del átomo y un equipamiento tan sofosticado que se presume imposible que los alquimistas lo hubieran conseguido.

Pero la evidencia está en contra de esta presunción. Hay muchos testimonios de alquimistas y de casos genuinos de transmutación. Incluso en nuestros días existe el caso de un alquimista francés que en 1969 produjo oro y lo hizo analizar por laboratorios alemanes y suizos.

 

Entonces, ¿cómo consiguieron estos alquimistas de la era pre-científica resultados tan extraordinarios?

La única explicación es que estos hombres estaban bien versados en las “ciencias ocultas”; esto es, que habían estudiado conocimientos tradicionales que les dieron acceso a una alta comprensión de la naturaleza visible o invisible.

La ciencia oculta tiene varios principios fundamentales, uno de ellos es que la materia no solo consiste de elementos visibles, sino también de elementos invisibles, estados más sutiles de la materia, visible solamente al clarividente. Otro principio, es que el nivel más denso de la materia (lo físico), es solo un materialización de esos estados más sutiles. En términos científicos esto significa que si podemos mirar en estos planos más sutiles de la naturaleza, podremos tener una visión más real y clara de la naturaleza de las cosas y poder trabajar con la causa raíz que las origina. Por ejemplo, si uno fuera un doctor, podría encontrar la causa de la enfermedad en los planos más sutiles y sanarlo desde la raíz en vez de aliviar solo los síntomas.

 

Pero para ver en estos planos y trabajar en ellos eficientemente, hay que purificarse uno mismo antes y despertar esos planos en nosotros mismos. Esto requiere un entrenamiento interno para despertarlos conscientemente, controlarlos y dirigirlos. Todos sabemos lo difícil que es controlar una emoción, y mucho más difícil controlar un pensamiento. Es muy difícil también (aunque algo menos) controlar nuestros niveles de energía hasta el punto de superar nuestro cansancio, por ejemplo.

Estos son los planos más sutiles de la naturaleza (los alquimistas los llamaban los Cuatro Elementos) y cuanto más trabajamos con ellos más conscientes nos hacemos hasta que podemos ver claramente en estas regiones y nuestro control sobre ellas es perfecto: podemos trabajar en ellas como escultor puede trabajar en la piedra.

 

El alquimista hace lo mismo: busca la raíz de lo material, la “Materia Prima” (una materia invisible y sin forma en los planos más sutiles de la naturaleza) y con ella, a través de un largo y doloroso proceso forma lo que conocemos como

“Piedra filosofal”, un objeto (¿físico?) con aparentes propiedades milagrosas, transformativas y de sanción. Con esta Piedra o Tinte puede transmutar metales básicos en otros más puros, curar enfermedades e incrementar los años de vida.

Lo que el alquimista hace entonces, es seguir el proceso natural de la creación. Paracelso habla de la “Alquimia Natural”: la Alquimia natural causa que las manzanas maduren y produce uvas en las parras. La alquimia natural separa los elementos útiles de los alimentos que entran en nuestro estómago y los transforma dentro del ciclo de nuestro cuerpo, rechazando lo que es inútil. Un físico que no conoce la alquimia solo es un sirviente de la naturaleza…pero el alquimista es su amo.

 

El maestro de Paracelso, Johannes Tritheim, abbot de Spanheim, habla del proceso de materialización de los elementos sutiles en la alquimia:

“El arte de la magia divina consiste en la habilidad de percibir la esencia de las cosas a la luz de la Naturaleza, y usando el poder del alma del espíritu, producir cosas materiales desde lo invisible del universo…Aprenderá la ley por las cuales las cosas se cumplen si aprendes a conocerte a ti mismo…El Oro es de naturaleza tripartita y hay otro etéreo, fluido y material. Se trata del mismo oro solo que en tres estados diferentes; y el oro de un estado puede transformarse en oro en otro estado diferente.”

 

En la República de Platón, Sócrates describe un mito en el que hay cuatro tipos diferentes de hombre, cada uno de ellos tiene un tipo de metal en sus almas: hierro, cobre, plata y oro. Los hombres de oro son los filósofos (en el verdadero sentido de amantes de la sabiduría por encima de la fama o la riqueza). Paracelso habla del filósofo en términos parecidos. Dice: “Sabemos que un amante hará lo necesario para encontrarse con la mujer que ama – ¡cómo no va a hacer mucho más el amante de la sabiduría para ir en busca de la divina amada!

En la alquimia existe la idea de que, en el reino del metal, el objeto de la naturaleza es crear oro. La producción de metales más básicos es un accidente del proceso o el resultado de un ambiente desfavorable. El oro, es por tanto, el arquetipo o meta del reino del metal y de modo similar, el hombre de oro es el arquetipo o meta del reino humano. La idea es que un día, todos los metales serán oro y todos los hombres serán “filósofos”, puros e incorruptibles y tan luminosos y generosos como el mismo Sol.

Platón también comenta que esos filósofos, como ya tienen el oro en sus almas, no desearán el oro físico. Y eso parece haber sido cierto en los grandes alquimistas de la Edad Media. La gente como John Dee o Paracelso no era rica. Roger Bacon era un monje. Estas personas no estaban motivada por el deseo de la riqueza, porque eran suficientemente ricos internamente.

 

Como H.P. Blavatsky dice en “Isis sin velo”: “Iluminados con la luz de la eterna verdad, estos ricos-pobres alquimistas fijaban su atención sobre las cosas que transcienden el común conocimiento, reconociendo nada inescrutable sino la Causa Primera y no encontrando ninguna respuesta sin responder. Osar, conocer, querer y permanecer en silencio, eran su regla constante…”

Otro alquimista, Agrippa von Nettesheim, declaró: “Podría decir muchas más sobre este arte si no fuera por el juramento de silencio que toman usualmente los iniciados en este misterio.”

 

El oro interno de los alquimistas puede ser definido como Sabiduría o Sofía. Es el conocimiento experimental de que esa majestuosidad se expresa a través de uno mismo. Como es arriba es abajo; el hombre es un microsocosmos del macrocosmos. El hombre contiene dentro de sí mismo el misterio de la Vida. Como los griegos solían decir en sus templos. “Conócete a ti mismo y conocerás al Universo y los dioses”

¿Cuál es el camino hacia la divina Sabiduría? Un escritor alquimista dijo: “La paciencia es la escalera de los filósofos y la humildad es la llave de su jardín.” Otro (F. Hartmann, en su biografía de Paracelso) declara: “La forma más elevada de la alquimia es la transformación de los vicios en virtudes por el fuego del amor hacía lo bueno, la purificación de la mente por el sufrimiento, la elevación del principio divino del hombre sobre los elementos animales de su alma.” Una vez conseguido ese proceso de sublimación, es posible retornar al mundo de la materia y mejorarlo. El mismo autor dice: “Por el poder del espíritu, los elementos materiales pueden ser sublimados en elementos invisibles, o sustancias invisibles pueden ser coaguladas y hacerse visibles.” Quizás, se puede comparar al mito de la caverna de Platón donde el filósofo sale de la caverna de los sentidos a la luz de la Verdad y vuelve a la caverna para iluminar al resto de los seres humanos.

 

La alquimia es un proceso de dos caminos que está simbolizado por las tres fases del trabajo: el negro (nigredo) de la disolución; el blanco de la sublimación (albedo); y el rojo de la “exaltación”, correspondiendo a la piedra filosofal que produce oro. Así que, volviendo a los hombres de oro de la República de Platón, es muy significativo que no solo los filósofos, sino también los reyes (el rojo siendo un color real), trabajen por el bien de la humanidad.

Mucho se ha escrito concerniente a las distintas fases del trabajo de la alquimia y su significado, ya sea desde el punto de vista moral, psicológico o físico. Pero no vamos a entrar en este tema con mucho detalle y sin la guía de un maestro iniciado, pues como A. E. Waite señala: “el estudiante irá a la deriva con toda probabilidad y la Materia Prima se le escapará para siempre.” No es posible trabajar en la alquimia sin la Materia Prima y nunca se ha especificado con claridad de qué se trata (posiblemente se refiere a materia en un estado etéreo muy elevado) y es imposible descubrirla sin guía.

 

Sobre esto hay una fascinante historia contada por un filósofo de la Italia renacentista, Pico della Mirandola sobre “un buen hombre que no tenía suficiente para mantener a su familia y estaba sometido a un estado de desesperación, cuando, con la mente muy agitada se fue a dormir y en un sueño se le apareció un ángel, que a través de enigmas, le instruyó en el arte de hacer oro, y le indicó al mismo tiempo que agua debería usar para asegurar el éxito del proceso. Al despertar procedió a trabajar con esa agua e hizo oro en pequeñas cantidades pero suficiente para mantener a la familia. Dos veces hizo oro del hierro y cuatro veces de oropimente. Él me convenció con la evidencia de mis propios ojos de que el arte de la transmutación no es ficción.”

 

La alquimia debe, por tanto, redefinirse como una de las ciencias espirituales ya perdida, la cual, al igual que su hermana, l Astrología, combina el estudio profundo de la naturaleza con el estudio del hombre y permite al adepto llevar ambas, hombre y naturaleza, a la perfección. Paracelso dijo que había tres cualidades necesarias para el trabajo de la alquimia: orar (significa el deseo profundo de aspirar a lo que es bueno), Fé (no una fe ciega, sino basada en el conocimiento y la confianza sin dudas) e Imaginación (que describe como “estar hundido en el pensamiento profundo, ahogado en el propio alma”)

 

El oro interno de los alquimistas es la individualidad perfecta y el oro de los filósofos es la perfección de la naturaleza. Ambos, hombre y naturaleza, evolucionan hacia la perfección, pero el hombre puede ayudar en el proceso evolutivo entendiendo y trabajando consigo mismo y con ella.

Trabajar solo a nivel material es una ciencia muy pobre, pero un día, podremos expandirla hacia una ciencia más grande, la ciencia de la Vida (a veces conocida como Magia)

Muy lejos de ser esos individuos poco lúcidos que a la historia le gusta imaginar, los verdaderos alquimistas eran grandes iniciados que, en muchos aspectos, conocían más de la naturaleza que muchos de los científicos de hoy en día. Maestros de la naturaleza y de ellos mismos, siempre ponían esa maestría al servicio de Dios y la Humanidad y nunca la empleaban en mezquinas empresas.

 

Este artículo ha sido escrito por Julian Scot

También en la antigua China hubo ciencia.

Mientras los griegos trabajaban las ideas que más tarde formarían la plataforma de lanzamiento para el desarrollo de la ciencia moderna, una gran civilización florecía en China a 10.000 kilómetros. Los griegos apenas la conocieron; de haber sabido algo más de ella, la valoración de su propia inteligencia hubiera sufrido una conmoción. En astronomía, literatura, pintura y alfarería, en tecnología militar y administración pública, los logros chinos igualaron a los griegos. En la fundición de hierro, ingeniería civil y agricultura, estaban muy por delante de ellos. En terrenos como la fabricación de seda y la caligrafía, ya habían perfeccionado artes y manufacturas de las que sus contemporáneos occidentales no tenían ni idea.

Si los filósofos griegos del siglo 1 a. C. hubieran podido ser transportados a China, se habrían asombrado al descubrir su nivel tecnológico: arados con partes completamente hechas de hierro, perforaciones profundas en busca de salmuera o gas natural, fabricación de acero a partir del hierro colado, producción en masa de ballestas y arneses, que permitían a los caballos arrastrar cargas extraordinarias. Sin embargo, se habrían sentido desconcertados por la ausencia de toda clase de especulación científica, que para ellos significaba el pan y la sal de la vida. Y seguro que se hubieran sorprendido del poco progreso en algunos campos –por ejemplo, la geometría–, puntos centrales en su pensamiento. Pero no les hubiera cabido ninguna duda de que se encontraban en presencia de una gran civilización.

Un gran científico chino

Zhang Heng (o Chang Heng) fue un ejemplo del tipo de científicos que era capaz de producir la antigua China. Nacido en Nanyang, en la China central, en el año 78 d. C., fue uno de esos genios increíblemente dotados que hacían que los comunes mortales se sintieran como si pertenecieran a una especie diferente. La amplitud de su talento nos trae a la mente a Leonardo da Vinci; pero, como científico, Zhang Heng era claramente superior a Leonardo. Fue uno de los cuatro grandes pintores de su época y produjo 20 famosas obras literarias. Y por encima de todo fue un astrónomo. Ejerció como astrónomo real bajo la dinastía Han, en el siglo 11 d. C., y trazó uno de los primeros grandes mapas estelares, rivalizando únicamente con el que creó Hiparco en el año 129 a. C., desconocido para Zhang. En este mapa situó las posiciones exactas de 2.500 estrellas y bautizó unas 320. Estimó que el cielo nocturno, del que sólo podía ver una parte, contenía 11.500 estrellas. Era un poco exagerado, incluso para un observador con buena vista, pero no fue una mala estimación. Explicó los eclipses lunares correctamente, argumentando que se producían cuando la Luna atravesaba la sombra de la Tierra, e imaginó la Tierra como una pequeña esfera suspendida en el espacio, rodeada por un inmenso y lejanísimo cielo esférico. Zhang Heng también fue un gran matemático, y mejoró anteriores estimaciones del valor de pi (la proporción de la circunferencia de un círculo con su diámetro) dándole un valor de 3,162 en vez de 3, lo que lo acercó al 3,142 aceptado hoy día.

El trabajo más famoso de Zhang Heng fue un detector de terremotos, que perfeccionó en el año 132 d. C., mil setecientos años antes del primer sismógrafo europeo. Zhang asombró a la corte imperial con este dispositivo, que podía detectar terremotos tan distantes que nadie cercano lo sentía siquiera.

Tenía forma de jarrón de bronce, al que se pegaron varias cabezas en bronce de dragones, cada una con una pelota también de bronce en su boca; alrededor del pie tenía varios sapos de bronce con las bocas abiertas. Si la máquina detectaba un temblor de tierra, una bola de bronce se soltaba automáticamente y caía en la boca de uno de los sapos. La posición del sapo en cuestión indicaba la dirección de la que procedía el temblor.  sismógrafo

En una famosa ocasión, una bola cayó sin que se observara un temblor perceptible; pero varios días después llegó un mensajero con noticias de un terremoto en Kansu, a 600 kilómetros de la corte y en la dirección indicada por la máquina. A pesar de la brillantez de sus creaciones, es erróneo acreditar a Zhang Heng con la invención del sismógrafo. Su máquina detectaba los terremotos, pero no los medía.

Fuente:

HISTORIAS CURIOSAS DE LA CIENCIA, CYRIL AYDON; ed. Swing

Gilgamesh y la rueda de los astros

Gilgamesh

 

Sumerios, babilonios, hurritas e hititas conocían este mito, y podemos estimar que la poesía  épica primitiva griega lo haya tomado como modelo, pues el personaje de Heracles es semejante a Gilgamesh en varios aspectos. Sus improntas subsistirán hasta el Medioevo europeo, donde le encontraremos bajo el aspecto de san Jorge y el dragón, que recuerda uno de los trabajos del héroe sumerio.

La versión sumeria aparece en la actualidad como más pobre que la versión babilónica, a causa de la pérdida de las tabletas más antiguas. De la epopeya sumeria subsisten tan solo 35.000 versos. A continuación presentaremos la versión de Kramer, intentando encontrar las correspondencias astrológicas del relato.

En efecto, el mito de Gilgamesh es un mito solar; razón por la cual podrá, en un momento determinado, vencer a los escorpiones, símbolos de la consumación de la vida, que deberán cederle el paso. Igualmente, su carácter se confirma por su oposición a la diosa Inanna, de carácter lunar. El pasaje por los doce signos del Zodíaco se refleja en los trabajos de Gilgamesh y, en realidad, en toda su existencia. Esto confirma el “parentesco” entre el mito de Gilgamesh y el de Heracles.

“La epopeya comienza con una breve introducción que hace el elogio de Gilgamesh y de su ciudad: Uruk. Se nos señala igualmente que Gilgamesh, rey de la ciudad, tiene un carácter incontrolable, no soporta a ningún rival y posee un gran apetito sexual. Sus súbditos se quejan a los dioses, pues Gilgamesh actúa como un verdadero tirano, ya que no ha encontrado aún a nadie que lo gobierne en el mundo”.

Este primer pasaje corresponde a las características de la Casa I, gobernada por el signo de Aries, que da las señales de la vida y del ser individual. Así, las cualidades de Gilgamesh corresponden a una energía solar impulsiva propia de Aries, acentuada por el aspecto guerrero de Marte, que será pulida y transformada por las experiencias posteriores.

“Los dioses envían sobre la tierra a la gran diosa Madre Aruru para que arregle esta situación. Ella modela con arcilla el cuerpo de Enkidu, que es una suerte de ser brutal cubierto de pelambre y con larga cabellera. Este ser primitivo desconoce la civilización y vive desnudo entre las bestias del campo.

Tiene más de animal que de hombre. Sin embargo, es él quien deberá domar el carácter arrogante de Gilgamesh y disciplinar su espíritu. Para esto, deberá humanizarse. Esta obra le corresponde a una cortesana de Uruk, que despierta el instinto sexual de Enkidu y lo satisface. Enkidu pierde su aspecto de bestia y desarrolla su espíritu. Esta cortesana aclara su inteligencia, le enseña a comer pan, a beber cerveza, a vestirse como una persona civilizada, y entonces los animales salvajes se alejan de él”.

Este segundo episodio está en relación con la Casa II, gobernada por el signo de Tauro. En efecto, ella aporta el factor recursos, y corresponde a la energía que el héroe posee en potencia; observar la oposición que se establece al comienzo entre Gilgamesh guerrero, regido por Marte, y Enkidu, su doble regido por Venus (Inanna, Ishtar en Babilonia, diosa del amor y de la civilización), en el signo de Tauro. Las correspondencias astrológicas tradicionales asignan como domicilio de Marte el signo de Aries, y como domicilio de Venus el de Tauro. Hay también una relación con las energías canalizadas en las eras precesionales correspondientes.

“Enkidu, transformado, se prepara para ir a la ciudad de Uruk; Gilgamesh, advertido por sueños proféticos de la llegada de Enkidu, le espera para demostrarle que nadie tiene talla para considerarse su rival. Cuando se encuentran, la conducta tiránica de Gilgamesh desencadena el combate, y el hombre inocente de la campaña y el astuto ciudadano se afrontan como dos titanes. La batalla es indecisa y al cabo de un violento combate, de pronto, la ira de Gilgamesh desaparece y los adversarios se abrazan celebrando la paz. Este combate es el punto de partida de una amistad que será legendaria. Los nuevos amigos, a partir de entonces inseparables, realizaron juntos numerosas hazañas”.

Este tercer pasaje nos pone en correlación con la Casa III, gobernada por el signo de Géminis. Es interesante constatar cómo las dos fuerzas contrarias, el polo “yin” y el polo “yang”, terminan por reunirse y llegar a un mutuo intercambio de sus virtudes y defectos. Es la casa de los hermanos, en recuerdo de los legendarios Dióscuros, Cástor y Pólux, mortal-inmortal que se reencuentran en el hombre y se reflejan en el Zodíaco. El destino de Gilgamesh, Enkidu, confirmará esta dualidad. Mercurio gobierna esta casa, que es la de la juventud y la de los proyectos e ideas.

Así, gracias al intercambio de las energías primordiales (Marte-Venus, Gilgamesh-Enkidu), la rueda zodiacal podrá adquirir un movimiento y realizar el ciclo cuatro veces de este primer ritmo ternario.

“Enkidu desea abandonar la ciudad. Gilgamesh le confiesa que él desearía llegar al País de los Cedros, aquel que se encuentra en el mundo de los Vivos, para matar al terrible guardián, Kumbaba, y “purgar así el país de todo mal”. Enkidu conoce esos bosques y sus grandes peligros y advierte a Gilgamesh, pero este responde que él prefiere adquirir una gloria perenne y “hacerse un hombre” y no prolongar una vida opaca y mediocre. Consulta a los ancianos; se torna propicia la ayuda del dios Sol (Utu, Samash en Babilonia) y hace fundir para los dos, armas de gigante. Una vez que están todos los preparativos terminados, los amigos parten. Al cabo de un largo viaje a través de las siete montañas, llegan al bosque de los cedros, matan a Kumbaba y cortan todos los árboles.

Este episodio corresponde a la Casa IV: la de Cáncer, ligada a la madre, a los ancestros y al origen. La conquista del bosque de cedros, ligado igualmente a Inanna bajo su aspecto lunar, confirma el carácter solar del héroe, que sacrifica su pequeño “yo”, “la vida en el bosque”, para alcanzar un destino más elevado. El demonio Kumbaba está en relación con las vísceras, con los intestinos, sobre los que se hacía la adivinación. Su muerte puede asimilarse al hecho de conocer el destino, la función de adivinación asignada desde tiempos inmemoriales al aspecto femenino del cosmos. Es el sacrificio de la matriz que dará nacimiento a Gilgamesh como Hombre Solar Consciente.

“Pero la aventura engendra la aventura. Apenas de regreso a Uruk, la diosa Ishtar (diosa del amor y del deseo) se enamora del bello Gilgamesh. Intenta seducirlo, pero Gilgamesh ya no es el joven tiránico de los comienzos. Conoce la naturaleza cambiante de la diosa y rechaza sus proposiciones con desprecio”.

Este episodio está en relación con la Casa V, la de Leo, que corresponde a los hijos, así como a la actividad en el mundo concreto. En efecto, nuestros primeros hijos son nuestras acciones. La conducta de Gilgamesh, la elección que deberá hacer frente a la proposición de Ishtar, le hará perder el apoyo de la Venus crepuscular para obtener el de la Venus del alba, dama guerrera cuyo carro está tirado por leones. En este signo se afirma la individualización de Gilgamesh, como la de Heracles por la victoria sobre el león de Nemea; el león vencido en este caso es el de su propio orgullo, reemplazado aquí por la inteligencia y el discernimiento.

“Decepcionada y cruelmente ofendida, Ishtar pide al dios del cielo, Anu, que envíe el toro celeste a Uruk para matar a Gilgamesh y destruir la ciudad. Anu se niega, pero ante las amenazas terribles de Ishtar de liberar a los muertos de los infiernos, termina por aceptar. El toro celeste desciende a la tierra, devasta la ciudad de Uruk y hace una gran matanza de guerreros. Pero Gilgamesh y Enkidu atacan al monstruo y lo matan luego de un durísimo combate. Los dos héroes llegan al máximo de gloria, la ciudad de Uruk resuena con los cantos de sus proezas”.

Este episodio corresponde a la Casa VI, en relación con el signo de Virgo, que es el de “valetudo”, los medios para afrontar las pruebas, los instrumentos. En cuanto al ciclo, llegamos a la mitad del Zodíaco, al apogeo y al punto de madurez de los héroes que han pasado la prueba venciendo al Toro de Venus, la energía pasional por la energía sublimada de Virgo. Por otra parte, el trabajo en equipo de Gilgamesh y de Enkidu nos confirma el aspecto mercurial de su obra. La primera mitad del ciclo realizada, el Sol habiendo cumplido su primavera y verano, marcharemos hacia el crepúsculo a través de los próximos seis trabajos…

“Una fatalidad inexorable termina cruelmente con esta alegría. Puesto que Enkidu ha participado activamente en el asesinato de Kumbaba y en la muerte del toro celeste, un tribunal divino le condena a muerte. Al cabo de una enfermedad de doce días, Enkidu lanza su último suspiro bajo la mirada sorprendida e impotente de su amigo Gilgamesh. La muerte de su amigo resta valor a sus proezas. Se decide a buscar y encontrar el secreto de la vida eterna”.

Este pasaje corresponde claramente a la VII Casa, regida por la Balanza (Libra), que corresponde a las asociaciones, y bajo un aspecto más interno, al momento del juicio y de la diferenciación. Es en este punto en el que la doble energía de los gemelos llega a su mayor distanciamiento: Gilgamesh está vivo; Enkidu está muerto.

Son los hermanos diurno y nocturno, la dualidad sobre los dos platillos de la balanza, en oposición y en complementación. Las preocupaciones de Gilgamesh cambiarán de naturaleza; es la búsqueda de la respuesta sobre el enigma de la muerte la que dirigirá la acción de aquel, quien como el Sol, comienza a envejecer, a marchar hacia la sabiduría…

“Solo un hombre ha alcanzado la inmortalidad, es Utnapishtim: sabio y piadoso; monarca de la antiquísima ciudad de Shurupak. Gilgamesh sabe que él vive en el otro costado del mundo. Comienza el penoso viaje, atravesando montañas y praderas, pasando la prueba del hambre. Lucha sin cesar con los animales que le atacan. Finalmente, atraviesa “el mar primordial”, las “aguas de la muerte”, guardadas por hombres-escorpiones”.

La Casa VIII, ligada al signo de Escorpio, corresponde a la muerte. Aquí esta claramente expresado el simbolismo astrológico y la relación del escorpión con las aguas de la muerte (signo de agua, en oposición con las aguas de vida y creación, ligadas a Cáncer). Es en este portal en el que Gilgamesh perderá todo lo que le resta de mortal. Los Señores de las Tinieblas, los Señores del Mundo Invisible están prestos a recibirlo.

“El altivo monarca de Uruk no es más que un cuerpo descarnado y miserable cuando llega ante la presencia de Utnapishtim; tiene largas cabelleras desaliñadas, su cuerpo sucio y con heridas y va cubierto de pieles de animales. Pregunta a Utnapishtim el secreto de la vida eterna. Como respuesta, Utnapishtim le recita la espantosa historia del Diluvio y cómo él mismo fue salvado gracias a la intervención del dios Ea, dios de sabiduría, que le invitó a construir un barco; la vida eterna él la había recibido como regalo de los dioses. Pero no veía por qué razón los dioses la concederían a Gilgamesh”.

Este noveno episodio está en relación con la Casa IX, gobernada por Sagitario, y con el valor tradicional del signo: pruebas, peregrinación, religión, los hitos plantados para facilitar el progreso de la evolución humana. Utnapishtim, como el ancestro, simboliza el Centauro, el Instructor, el Sabio, aquel que lleva a la Humanidad en el barco de la experiencia y que enseña a Gilgamesh que la victoria sobre la muerte resulta de un largo combate, que es imposible arrancar la Vida a la vida… pero que es posible canalizarla a través de un ciclo de experiencias. En este signo, el último del otoño (para el hemisferio norte), el fuego solar ya no se manifiesta a través de la impulsión y el calor de los dos primeros signos de fuego, que son el de Aries y Leo, sino a través de una luz lúcida y fría, la del discernimiento del sabio. Gilgamesh, como discípulo, aprende.

“Cuando se resigna a regresar a Uruk con las manos vacías, Utnapishtim le revela el secreto de la planta de la eterna juventud, la que crece en el fondo del mar. Gilgamesh se sumerge rápidamente en las aguas, recoge la planta y comienza alegremente su camino de retorno”.

Este pasaje corresponde a la Casa X, gobernada por Capricornio, la casa del “haber”, del destino realizado. En efecto, la llave de la inmortalidad se encuentra en esta planta, ligada a la ambrosía y al néctar de los dioses, que vuelven al alma consciente de su inmortalidad a pesar de lo efímero del cuerpo físico. Así, en su tercer signo de tierra, y accediendo a la última fase de su recorrido, el invierno, el Señor del Cielo, Gilgamesh como el Sol, se prepara para la muerte con la fuerza de la victoria del destino y del deber cumplido.

“Pero los dioses tienen otro designio. Mientras Gilgamesh se baña en una fuente encontrada en el camino, una serpiente que aparece le roba la planta”. La Casa Xl, en relación con esta escena y con Acuario, se confirma en el fin del pasaje, que corrobora la idea diciendo que la “serpiente roba la planta, la come delante de Gilgamesh y de inmediato cambia de piel”.

En efecto, la Casa XI corresponde a la sabiduría o experiencia acumulada por otros. El animal elegido, la serpiente, es símbolo de sabiduría y representa el estado de conciencia adquirido por el héroe. Este signo de aire, casi al fin del ciclo, es el de la transmisión consciente de la experiencia acumulada.

“Finalmente, regresa a la ciudad de Uruk, y a causa de su contacto con el mundo de los dioses, Gilgamesh muere sin morir, transformándose en juez funerario, célebre por su gran sentido de justicia”.

Esta escena, última de la existencia de Gilgamesh, nos pone en relación con la Casa XII y el signo de Piscis. Ella representa las pruebas, las dificultades, el sacrificio final a pasar. Así, nuestro héroe, Gilgamesh, aparece cual un Prometeo, dispuesto a sacrificarse, descender al mundo de los muertos para transmitir su fuerza y conocimiento a los hombres, ayudándolos a transmutar una visión negativa de la vida en un camino de liberación de las dificultades y obstáculos necesarios al alma para su realización.

Como en el mito de la caverna de Platón, el mito de Gilgamesh nos habla de las dos fases del proceso: el camino individual, que lleva al descubrimiento de la luz, del bien y de la sabiduría, que debe luego reflejarse en esta inflexión, retorno a las tinieblas para guiar a la humanidad hasta su derrotero cósmico de realización.

Autora: Laura Winckler

Nueva era, vieja ciencia

En muchas oportunidades se ha dicho y escrito que estamos viviendo en la Era Tecnológica, sin olvidarse de recalcar todas las ventajas que esto supone.

Todas las actividades están sistematizadas; la computación electrónica abarca todos los aspectos de la vida; la máquina reemplaza día a día la mano de obra humana; las comunicaciones reducen las distancias y el tiempo. En fin, que estamos a punto de alcanzar el tan soñado paraíso de un día con muchas horas libres y de una semana con varios días sin trabajo…

 

Pero, entre las muchas paradojas del momento actual, se suma una más, y de suficiente importancia como para llamar poderosamente la atención. En el mundo de la técnica se ha intentado facilitar todos los aspectos de la vida material, pero nada se ha hecho en beneficio de la vida psicológica, mental y espiritual; estos mundos subjetivos siguen tan desorganizados como en la época de los trogloditas.

Se podrá objetar que la Psicología, y otras ciencias que le son auxiliares, han catalogado al hombre en distintas tipologías, facilitando con ello su reconocimiento y, en caso de enfermedad, su tratamiento. Esto es verdad; pero el catalogar tipos humanos en buenos libros y cuadros gráficos, en nada resuelve el problema práctico de los seres humanos indefensos ante sí mismos. Saber que se es tímido no equivale a curar la timidez; saber que se tiene una fantasía desbordada tampoco la domina.

 

Hoy un hombre puede manejar una enorme diversidad de máquinas, pero es incapaz de manejar una depresión psicológica, o de moderar sus instintos, refrenar su ira, despertar su espiritualidad. Y no es que no quiera hacer estas cosas; muchas veces desearía hacerlo, pero no puede. No sabe cómo hacerlo. La tecnología no se ha interesado por estos problemas, ni ha sido capaz de idear ningún sistema que permita trabajar con estos imponderables subjetivos del hombre interior.

Como resultado, mientras la ciencia y la técnica avanzan tomadas de la mano, proyectando cada vez más lejos las posibilidades de un confort material, el hombre se sumerge cada vez más hondo en la desesperación de su yo insatisfecho. Cuantas más horas libres tiene, más miedo siente, pues no sabe estar a solas consigo mismo, ni entiende tampoco los escondidos resortes de ese extraño compañero con el que vive a diario, su Yo interior.

 

Las máquinas, lejos de prestar el verdadero servicio para el que fueron planeadas, han usurpado los poderes humanos, han esclavizado al hombre que pretendían liberar. Ya casi no se concibe la vida sin relojes, teléfonos, aparatos eléctricos, ascensores, escaleras mecánicas o televisores. Y el hombre se acurruca, inútil ante la misma tecnología que ha creado.

 

  • Se habla de sistematización de datos, pero no se puede organizar la vida interior.
  • Se habla de combatir la polución, pero no se pueden evitar los malos pensamientos y sentimientos.
  • Se habla de aviones supersónicos, pero no se puede acelerar la comprensión mental.
  • Se habla de paz y amor, y de derechos humanos, pero no se sabe amar, ni vivir en paz, ni se conciben derechos humanos, por la sencilla razón de que tampoco se concibe al Hombre.

 

¿Tecnología? ¿Liberación? ¿Dominio de la vida? Dejémonos de paradojas y sepamos de una vez por todas que sólo el hombre experto en el difícil y maravilloso conocimiento de sí mismo puede dar valor a la Libertad y a la Vida, y puede hacer uso de la ciencia y la técnica en beneficio de la Humanidad.

Iniciemos, por tanto, la NUEVA ERA de la VIEJA CIENCIA, del “CONÓCETE A TI MISMO”.

 

 

Del libro “El Héroe Cotidiano”, de Delia Steinberg Guzmán

 

El manifiesto ambiental de Noah Sealth

En el año 1854 el jefe indio Noah Sealth  respondió de una forma muy especial a la propuesta del presidente Franklin Pierce para crear una reserva india y acabar con los enfrentamientos entre indios y blancos. Suponía el despojo de las tierras indias. En el año 1855 se firmó el tratado de Point Elliot, con el que se consumaba el despojo de las tierras a los nativos indios. Noah Sealth, con su respuesta al presidente, creó el primer manifiesto en defensa del medio ambiente y la naturaleza que ha perdurado en el tiempo. El jefe indio murió el 7 de junio de 1866 a la edad de 80 años. Su memoria ha quedado en el tiempo y sus palabras continúan vigentes.

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«¿Cómo se puede comprar o vender el firmamento, ni aun el calor de la tierra? Dicha idea nos es desconocida.

Si no somos dueños de la frescura del aire ni del fulgor de las aguas, ¿cómo podrán ustedes comprarlos?

Cada parcela de esta tierra es sagrada para mi pueblo. Cada brillante mata de pino, cada grano de arena en las playas, cada gota de rocío en los bosques, cada altozano y hasta el sonido de cada insecto, es sagrada a la memoria y el pasado de mi pueblo. La savia que circula por las venas de los árboles lleva consigo las memorias de los pieles rojas.

Los muertos del hombre blanco olvidan su país de origen cuando emprenden sus paseos entre las estrellas, en cambio nuestros muertos nunca pueden olvidar esta bondadosa tierra puesto que es la madre de los pieles rojas. Somos parte de la tierra y asimismo ella es parte de nosotros. Las flores perfumadas son nuestras hermanas; el venado, el caballo, la gran águila; estos son nuestros hermanos. Las escarpadas peñas, los húmedos prados, el calor del cuerpo del caballo y el hombre, todos pertenecemos a la misma familia.

Por todo ello, cuando el Gran Jefe de Washington nos envía el mensaje de que quiere comprar nuestras tierras, nos está pidiendo demasiado. También el Gran Jefe nos dice que nos reservará un lugar en el que podemos vivir confortablemente entre nosotros. El se convertirá en nuestro padre y nosotros en sus hijos. Por ello consideraremos su oferta de comprar nuestras tierras. Ello no es fácil, ya que esta tierra es sagrada para nosotros.

El agua cristalina que corre por los ríos y arroyuelos no es solamente agua, sino que también representa la sangre de nuestros antepasados. Si les vendemos tierras, deben recordar que es sagrada, y a la vez deben enseñar a sus hijos que es sagrada y que cada reflejo fantasmagórico en las claras aguas de los lagos cuenta los sucesos y memorias de las vidas de nuestras gentes. El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre.

Los ríos son nuestros hermanos y sacian nuestra sed; son portadores de nuestras canoas y alimentan a nuestros hijos. Si les vendemos nuestras tierras, ustedes deben recordar y enseñarles a sus hijos que los ríos son nuestros hermanos y también los suyos, y por lo tanto, deben tratarlos con la misma dulzura con que se trata a un hermano.

Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestro modo de vida. El no sabe distinguir entre un pedazo de tierra y otro, ya que es un extraño que llega de noche y toma de la tierra lo que necesita. La tierra no es su hermana, sino su enemiga y una vez conquistada sigue su camino, dejando atrás la tumba de sus padres sin importarle. Le secuestra la tierra de sus hijos. Tampoco le importa. Tanto la tumba de sus padres, como el patrimonio de sus hijos son olvidados.Trata a su madre, la Tierra, y a su hermano, el firmamento, como objetos que se compran, se explotan y se venden como ovejas o cuentas de colores. Su apetito devorará la tierra dejando atrás solo un desierto. No sé, pero nuestro modo de vida es diferente al de ustedes. La sola vista de sus ciudades apena la vista del piel roja. Pero quizás sea porque el piel roja es un salvaje y no comprende nada.

No existe un lugar tranquilo en las ciudades del hombre blanco, ni hay sitio donde escuchar como se abren las hojas de los árboles en primavera o como aletean los insectos.Pero quizá también esto debe ser porque soy un salvaje que no comprende nada. El ruido parece insultar nuestros oídos. Y, después de todo, ¿para qué sirve la vida, si el hombre no puede escuchar el grito solitario del chotacabras ni las discusiones nocturnas de las ranas al borde de un estanque? Soy un piel roja y nada entiendo. Nosotros preferimos el suave susurro del viento sobre la superficie de un estanque, así como el olor de ese mismo viento purificado por la lluvia del mediodía o perfumado con aromas de pinos. El aire tiene un valor inestimable para el piel roja, ya que todos los seres comparten un mismo aliento – la bestia, el árbol, el hombre, todos respiramos el mismo aire. El hombre blanco no parece consciente del aire que respira; como un moribundo que agoniza durante muchos días es insensible al hedor.

Pero si les vendemos nuestras tierras deben recordar que el aire no es inestimable, que el aire comparte su espíritu con la vida que sostiene. El viento que dio a nuestros abuelos el primer soplo de vida, también recibe sus uútimos suspiros. Y si les vendemos nuestras tierras, ustedes deben conservarlas como cosa aparte y sagrada, como un lugar donde hasta el hombre blanco pueda saborear el viento perfumado por las flores de las praderas. Por ello consideraremos su oferta de comprar nuestras tierras. Si decidimos aceptarla, yo pondré una condición: El hombre blanco debe tratar a los animales de esta tierra como a sus hermanos.

Soy un salvaje y no comprendo otro modo de vida. He visto a miles de búfalos pudriéndose en las praderas, muertos a tiros por el hombre blanco desde un tren en marcha. Soy un salvaje y no comprendo como una máquina humeante puede importar mas que el búfalo al que nosotros matamos solo para sobrevivir.

¿Qué seria del hombre sin los animales? Si todos fueran exterminados, el hombre también moriría de una gran soledad espiritual; porque lo que le sucede a los animales también le sucederá al hombre. Todo va enlazado.

Deben enseñarles a sus hijos que el suelo que pisan son las cenizas de nuestros abuelos.Inculquen a sus hijos que la tierra está enriquecida con las vidas de nuestros semejantes a fin de que sepan respetarla. Enseñen a sus hijos que nosotros hemos enseñado a los nuestros que la tierra es nuestra madre. Todo lo que le ocurra a la tierra le ocurriría a los hijos de la tierra. Si los hombres escupen en el suelo, se escupen a si mismos.

Esto sabemos: la tierra no pertenece al hombre; el hombre pertenece a la tierra. Esto sabemos. Todo va enlazado, como la sangre que une a una familia. Todo va enlazado.

Todo lo que le ocurra a la tierra, le ocurrirá a los hijos de la tierra. El hombre no tejió la trama de la vida; el es solo un hilo. Lo que hace con la trama se lo hace a si mismo. Ni siquiera el hombre blanco, cuyo Dios pasea y habla con el de amigo a amigo, queda exento del destino común.

Despues de todo, quizas seamos hermanos. Ya veremos. Sabemos una cosa que quiza el hombre blanco descubra un dia: nuestro Dios es el mismo Dios. Ustedes pueden pensar ahora que Él les pertenece lo mismo que desean que nuestras tierras les pertenezcan; pero no es así.

El es el Dios de los hombres y su compasión se comparte por igual entre el piel roja y el hombre blanco. Esta tierra tiene un valor inestimable para Él y si se daña se provocaría la ira del creador. También los blancos se extinguirán, quizás antes que las demás tribus. Contaminan sus lechos y una noche perecerán ahogados en sus propios residuos. Pero ustedes caminaran hacia su destrucción, rodeados de gloria, inspirados por la fuerza de Dios que los trajo a esta tierra y que por algún designio especial les dio dominio sobre ella y sobre el piel roja. Ese destino es un misterio para nosotros, pues no entendemos por que se exterminan los búfalos, se doman los caballos salvajes, se saturan los rincones secretos de los bosques con el aliento de tantos hombres y se atiborra el paisaje de las exuberantes colinas con cables parlantes.

¿Dónde esta el matorral? Destruido. ¿Dónde esta el águila? Desapareció. Termina la vida y empieza la supervivencia.»

 

 

Magia y Ciencia

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Magia y ciencia parecen términos opuestos, desde hace mucho tiempo. También parece que la ciencia haya podido surgir cuando el conocimiento “pudo desprenderse de la magia”. Sin embargo, es evidente la relación íntima que existe entre magia y ciencia, no solo por ser la primera la “progenitora” de la segunda (frecuentemente llamada “madre loca de hija cuerda”), sino porque en la Antigüedad era la magia la única ciencia en culturas tan desarrolladas y sorprendentes como la egipcia, la mesopotàmica, la hindú, etc.

¿Qué es la ciencia?

Hoy día la ciencia nos resulta algo tan cotidiano que parece casi innecesario tener que definirla. Su entronización como única fuente de conocimiento verdadero es tan absoluta que con solo ponerle el adjetivo a cualquier dato o idea de “científico” se convierte en axioma, en dogma, en algo fuera de toda duda y discusión.

Si se busca en un diccionario, puede uno encontrarse: “Ciencia: conocimiento exacto y razonado de las cosas”, aunque los filósofos de las ciencias lo consideren un poco más complicado. Así le pareció incluso a Platón, que en su diálogo El Teeteto, o de la ciencia puede decidir lo que no es la “ciencia”, si bien no puede llegar a una afirmación de lo que es en sí la ciencia.

Se podría afirmar que es científico todo aquel conocimiento desarrollado a partir del método de investigación científica. Lo fundamental en una teoría científica es que debe ser verificable y refutable mediante la experimentación. Aquellas ideas que pueden explicarlo todo son irrefutables y, por lo tanto, caerían en lo metafísico o místico. Y esto ya no es científico.

“Si los científicos dan en emplear teorías irrefutables desde el punto de vista lógico, mejor será que renuncien a la ciencia natural y se dediquen a la religión” (Lewontin, 1974).

Pero las teorías históricas, como la cosmología (teoría del big bang), o la evolución (darwinismo), son teorías irrefutables, porque hacen referencia a un hecho concreto que ocurrió en un momento determinado, y que no puede repetirse ni experimentarse en un laboratorio. En cambio, sí puede hacerse esto con la astrología, que ofrece datos realmente  contrastables.

A muchas teorías científicas se las tacha (desde la filosofía de la ciencia) de ser tautologías, es decir, de ser afirmaciones sobre sí mismas, redundancias sin sentido, como las operaciones matemáticas o el darwinismo (¿acaso 1+1 puede ser otra cosa que 2?; “la supervivencia del más apto”, como se define a la selección natural en el darwinismo, se convierte en “la supervivencia de los seres vivos que tienen la tasa de supervivencia máxima”). No aportan nada nuevo acerca del mundo exterior, no son verificables frente a la realidad. Y tampoco permiten predecir cómo discurrirá el fenómeno que se estudia.

Otro aspecto inherente a la ciencia es el reduccionismo, pues se admite, casi como cuestión de fe, que analizando cada vez más a fondo una parte del sistema se llegará a comprender mejor todo él. Significa reducir el amplio abanico de la diversidad y complejidad de la naturaleza a sus partículas más elementales (subatómicas).

Pero se observa una complejidad jerárquica en la Naturaleza (átomos, moléculas, células, individuos, sociedades) que hace imposible reducir todas las leyes y fenómenos al nivel más básico de la ordenación de la materia.

Magia: la magna ciencia

Cuando oímos esta palabra, quizás en lo primero que pensamos es en uno de esos prestidigitadores o ilusionistas que, como su nombre indica, mediante la velocidad de sus dedos y con la ayuda de juegos de imágenes, producen “ilusiones”, haciéndonos creer en algo irreal, engañándonos en cierto modo. Cuando estos ilusionistas se convencen a sí mismos o simplemente nos quieren convencer a nosotros de que sus juegos son reales y no fingidos, aparecen la hechicería y la superstición.

Es muy triste que cuando quieres leer algo sobre la magia, lo primero que encuentres es la retahíla de “hechizos” y “hechiceros” que ha habido en la historia, así como de sus persecuciones y martirios. Si embargo, no es esto la magia, sino aquello en lo que derivó cuando se la vació de contenido, separándola de su fuente de salud.

Para los analistas del siglo pasado, influenciados por el evolucionismo, la magia era un estadio primitivo de conocimiento, superado con el tiempo por la verdadera ciencia. James G. Frazer coloca a la magia como una forma de pensamiento prerreligiosa y precientífica, cuyo concepto fundamental, sin embargo, es el mismo que el de la ciencia:

“Visión de la Naturaleza como una serie de acontecimientos que ocurren en orden invariable y sin intervención de agentes personales”, es decir: el curso de los acontecimientos que se producen en el universo no está determinado por el capricho de seres personales.

Dichos acontecimientos están determinados por leyes inmutables, proporcionando la posibilidad de la previsión y el cálculo del desarrollo de un fenómeno.

Frazer establece dos leyes del pensamiento mágico (a las que más tarde Hubert y Mauss añadirán la ley de contraste), que son : ley de semejanza (lo semejante produce lo semejante) y ley de contagio o contacto (las cosas que una vez estuvieron en contacto actúan recíprocamente a distancia).

Si intentamos conocer el fenómeno de la magia y el conocimiento antiguo sin los prejuicios positivistas de los que se creen a sí mismos como la cúspide de la evolución humana, nos encontramos con que la magia es para los antiguos lamagna ciencia, la ciencia sagrada: en las antiguas culturas, cuyas maravillas arquitectónicas y técnicas han sobrevivido para sorprendernos e inducirnos a la interrogación, se consideraba la magia como una ciencia sagrada, inseparable de la religión. La magia era la ciencia de comunicarse con potencias supremas y supramundanas y dirigirlas, así como de ejercer imperio sobre las demás esferas inferiores; es un conocimiento práctico de los misterios ocultos de la Naturaleza, conocidos únicamente por unos pocos por razón de ser tan difíciles de aprender sin incurrir en pecados contra la Naturaleza.

Pero la magia no es ninguna cosa sobrenatural. Según F. Hartmann, la magia es sabiduría, la ciencia y arte de utilizar conscientemente poderes invisibles (espirituales) para producir efectos visibles. La voluntad, el amor y la imaginación son poderes mágicos que todos poseen, y aquel que sabe la manera de desarrollarlos y servirse de ellos de un modo consciente y eficaz es un mago. El ir en busca de esta ciencia implica cierto grado de aislamiento y abnegación, de trabajo interior, pues las distinciones entre magia blanca y magia negra no están en los procesos o conocimientos utilizados, sino en el fin con que se han utilizado. De ahí la necesidad del silencio y del secreto.

La magia parte de dos principios elementales: 1.º “Los acontecimientos que se producen en el universo siguen unas leyes inmutables, que pueden ser conocidas”; y  2.º  “El conocimiento de las leyes proporciona la posibilidad de previsión del desarrollo de un fenómeno”. Estos principios son los mismos que impulsan a la ciencia. Las diferencias fundamentales entre ambas formas de conocimiento estaría en los siguientes conceptos fundamentales de la magia, que la ciencia ignora.

El universo está interrelacionado y estructurado de una manera jerarquizada, piramidal, en la que los niveles más sutiles son los más poderosos. Al igual que la energía es más poderosa que la materia y, al ser más sutil, puede atravesarla, también la mente es superior a los otros niveles inferiores, y puede dominarlos. Por eso el objeto del estudio del mago no es la materia, sino el espíritu. En su búsqueda de los poderes espirituales, el mago aprende a dominar la materia, pues descubre esas leyes universales, que no son materiales, y las fuerzas sutiles que mantienen el orden en el universo.

“La sabiduría no tiene dueños, pero sus esclavos son los amos del universo”.

Los principales escollos que separan la magia de la ciencia son:

1) La obstinación con que los científicos se niegan a reconocer la existencia de una realidad inmaterial y que, además de los instrumentos de laboratorio, pueden emplearse otros que no son del plano físico para indagar los misterios de la Naturaleza.

2) Un problema de lenguaje, pues a menudo magia y ciencia están describiendo el mismo fenómeno con palabras diferentes. El pensamiento mágico utiliza el lenguaje simbólico, mientras que el científico usa una terminología lógica (aunque a veces tiene que volver a recurrir a símbolos y mitos: el big bang” como comienzo del universo, similar a la “expiración de Brahma”; el “caldo nutritivo” como origen de la vida en la Tierra, que no es otra cosa que el “océano primordial”, etc.).

3) El uso que se le da al conocimiento obtenido. Puesto que el estudio científico se enfoca en el mundo material, de su investigación el científico no resulta mejorado ni un ápice, no se transforma en su investigación como hacía el alquimista. Es igual antes que después de su descubrimiento; a lo sumo, puede ser más valorado por sus compañeros. El mago obtenía su conocimiento a través de su transformación interior, y puesto que es muy fácil utilizar ese conocimiento en provecho propio y perjuicio para los demás (y si no, que se lo pregunten a las víctimas de Hiroshima, o a los enfermos por la polución, o a las masas movidas a consumir por los medios de publicidad y gastar lo que no tienen, etc., etc.), había que guardar silencio, y no transmitirlo más que a aquel que demostrara merecerlo.

4) La investigación científica fuerza a la naturaleza para averiguar y aplicar sus leyes, mientras que el mago actúa insertando su conciencia en la naturaleza, de manera que, sin forzarla, puede utilizar sus leyes y anticiparse a los fenómenos.

La magia, madre de las cienciasmago_cientifico

Del conjunto integrado de conocimientos de la magia es reconocido que emanaron las diferentes ciencias conocidas en la actualidad, desde la astronomía a la química, la botánica, la psicología, etc.

Las ciencias surgieron de la magia tras su separación de la religión: la religión se quedó en su cascarón “exotérico”, convertida en una serie de dogmas impuestos por las jerarquías eclesiásticas y dando lugar al fanatismo y la intolerancia. Los conocimientos espirituales y trascendentes, así como los poderes sobre ellos, se redujeron a la hechicería y a un conjunto de fórmulas vacías y sin sentido.

Los conocimientos sobre la materia dieron lugar al nacimiento de las ciencias. Unas ciencias analíticas, separadoras, que han sufrido un proceso de aislamiento progresivo denominado especialización.

La antigua sabiduría, el pensamiento mágico antiguo, definía la separatividad como a la peor de las herejías. El mayor error en el que se podía incurrir. A partir de la exclusión de la magia de la religión empezaron a producirse los enfrentamientos religión-magia, religión-ciencia, ciencia-magia. Enfrentamientos que caracterizaron el siglo XIX, y que quizás, en un proceso lento, lleguen a desaparecer en el siglo que recién empieza.

Hoy por hoy, aunque empiezan a levantarse voces que reivindican la sabiduría antigua, los químicos siguen mofándose de sus antecesores alquimistas por querer transformar el plomo en oro… Y sin embargo, ahora ellos mismos lo pueden hacer mediante reacciones nucleares (aunque no resulte lucrativo). De vez en cuando se vuelven a establecer campos de batalla entre los astrónomos y los astrólogos, a pesar de conocerse leyes universales que interrelacionan el cosmos, y a pesar de que la astrología es contrastable, mientras que la cosmología jamás lo será. En el estudio de la estructura íntima de la materia, los físicos vuelven, a pesar de la reticencia de la mayoría, a descubrir la ilusión de la materia, y su naturaleza “mental”. Desde Einstein a David Bohm o F. Capra, se vuelve a reivindicar la necesidad de relacionar la mística con la física, al llegar esta a los límites de lo medible. A pesar del gran desarrollo de la informática o inteligencia artificial, aún no se han descubierto los mecanismos del pensamiento. El modelo a seguir no parece ya el del cerebro pensante mediante reacciones químicas y eléctricas, sino el de la mente pensante que utiliza el cerebro como ordenador para manifestar sus operaciones. La hipnosis, el “poder de hechizo” de la Antigüedad, es hoy el instrumento principal del psicoanálisis, reconocido como ciencia por la mayoría, aunque términos como el “subconsciente”, personal o colectivo, sean intangibles, inmedibles, incomprobables.

“Lleno está el mundo de magos inconscientes (en la vida ordinaria, en la política, en el clero y en las fortalezas del libre pensamiento). La mayor parte de estos magos son “hechiceros” a causa de su peculiar egoísmo, su carácter vengativo, envidioso y maléfico” (H. P. Blavatsky).

 

Articulo escrito por Ana Díaz Sierra

 

 

Matemáticas en imágenes

Inspirations: las matemáticas, la mecánica y el arte combinados en una maravillosa animación.

Cristóbal vila de Etérea Estudio, nos invita a conocer su última creación su última creación: Inspirations, que conviene disfrutar en HD. La relajante música de fondo es de Ólafur Arnalds.

Inspirations recrea una combinación de mundos matemáticos, mecánicos y artísticos, todo encerrado en una pequeña habitación. Hay toques Escherianos, rompecabezas y acertijos matemáticos; por otro lado no faltan los juegos y las referencias a las obras clásicas y los autores del género.

Hay que verlo unas diez o veinte veces para captar todos los detalles, referencias y guños; una auténtica maravilla.  Disfrutadlo.

Fuente: http://www.microsiervos.com/

La música de las esferas

KEPLER Y LA ARMONÍA DE LOS CIELOS

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Esta imagen ilustra uno de los temas centrales de la obra de Kepler     ‘Harmonices Mundi’ (Las armonías del mundo, 1619). Si el cosmos es obra de una Inteligencia Suprema, entonces nada en él puede ser resultado del azar. Todo debe tener un sentido, obedecer a una razón y ser comprensible para la inteligencia. Es necesario buscar ese orden inteligible que subyace tras la apariencia desordenada del mundo material. Este orden del cosmos es matemático: “Ubi materia, ibi geometria = Donde hay materia, hay geometría”.

Platón ya había sostenido en el Timeo que cada una de las cinco formas o impulsos fundamentales de energía-materia (espacio, aire, fuego, agua, tierra) tenía una estructura geométrica que se correspondía con los cinco poliedros regulares (dodecaedro, octaedro, tetraedro, icosaedro, cubo). La materia es en esencia geometría. Kepler, platónico hasta la médula, adapta este tema al movimiento de los astros.

Las órbitas de los planetas no pueden ser fruto del azar. Debe haber una proporción matemática entre ellas. No puede ser una casualidad que haya 6 planetas y, por tanto, 5 intervalos entre ellos. La semiesfera externa de la imagen representa la órbita de Saturno.  Dentro de ella se inscribe un cubo, y dentro de éste la órbita de Júpiter. Dentro de ésta órbita, se inscribe un tetraedro. Y dentro de éste, se inscribe la órbita de Marte. Dentro de ésta, se inscribe un dodecaedro. Dentro de éste, la órbita de la Tierra. Esta a su vez lleva inscrito el icosaedro. Este a su vez lleva inscrita la órbita de Venus. Esta lleva inscrito el octaedro, que a su vez contiene inscrita la órbita de Mercurio.]

Sólo había un pequeño problema, muy a su pesar la teoría nunca funcionó y tras haberle dedicado largas páginas, la abandona finalmente mostrando que es incompatible con las observaciones y las leyes del movimiento planetario.

Kepler retoma además una antigua idea de los pitagóricos y de Platón (República, 617b), ‘la música de las esferas celestes’ e intenta darle una compleja y esotérica forma matemática. Cada planeta al moverse alrededor del sol produce un tono musical y la frecuencia de dicho tono varía en función de la velocidad angular de los planetas con respecto al Sol. Algunos planetas producen notas musicales más constantes, por ejemplo, la Tierra solo varía un semitono en una proporción equivalente a la diferencia entre una nota mi y un fa entre su afelio (lejos del sol) y su perihelio (cerca del sol). Venus varía en un intervalo aún más reducido. La astronomía se combina con la música y con la astrología:

“La Tierra canta Mi, Fa, Mi: Puede deducirse de estas sílabas que la miseria y el hambre (fa-mine) reinan aún en nuestro mundo”.

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El resultado de todos estos movimientos ‘musicales’ de los planetas en los cielos es una polifonía cósmica inteligible, aunque no audible, con algunos tonos disonantes. Pero a medida que avanza la inmensidad del tiempo, los planetas tocan juntos en una concordancia cada vez más perfecta. La grandiosa sinfonía celeste evoluciona hacia la perfección, lo que quizás ya ocurrió en el momento de la creación. Incluso nuestro arte de cantar polifónicamente concordando muchas voces, afirma, es una imitación de esta música celestial cuyo autor es Dios.

La razón última del cosmos es, pues, la belleza. Dios no es sólo el gran matemático, es sobre todo el artista cósmico. Que un hombre al que le tocó vivir una época plagada de una violencia extrema y cuya biografía está tan llena de tragedias personales, encontrara dentro de sí mismo la serenidad y la sabiduría para elevarse por encima de todo y producir algunas de las ideas más hermosas de la historia de la astronomía, es sin duda un testimonio elocuente de la grandeza del espíritu humano.

Cita: “Mi admiración hacia Kepler se explica porque yo, como él, siento respeto y asombro ante la armonía enigmática de la Naturaleza en que nacimos”. (A. Einstein)